Por Cindy Levi

27 de octubre de 2017

María se levanta a las 6:30 de la mañana con el típico sonido de su despertador. Al abrir los ojos ve el techo de su cuarto, exactamente igual que lo hace siempre. Mira hacia el otro lado de la cama y se da cuenta de que su marido ya se debe haber levantado, porque no se encuentra allí. Va hacia el armario y se queda observándolo fijamente, en el que su ropa se encuentra pulcramente doblada. Los colores generan un extraño juego de sombras y forman figuras que causan que la mirada se pierda entre los diferentes pliegues. Al final, decide combinar su atuendo con su estado de ánimo, por lo que se viste con un jean negro y una blusa blanca. Neutral, se podría decir que casi opaco. Luego, se dirige hacia el baño, donde hace exactamente lo mismo que todos los días desde hace 32 años. Mientras está ahí, escucha a su marido, quien la lleva todos los días a la mañana en auto y nunca está dispuesto a esperarla si ella se retrasa, diciéndole que se apure. Es por eso que corre hacia la cocina, donde toma su típico café negro mañanero. En el extremo derecho de su boca, arriba de la misma, se puede ver una pequeña mancha de su desayuno. Cuando corre a agarrar su abrigo y sale con su marido, quien la había estado esperando hacía diez minutos, son ya las siete y media de la mañana. En el auto, recibe el usual piropo que su marido le hace sobre la vestimenta que lleva puesta y le comenta lo bien que le queda ese jean negro. Durante el viaje, se enfrascan en una discusión sobre las últimas noticias del país. Después de unos veinte minutos, finalmente llegan al trabajo de María, se saludan con un beso y ella se va. Al salir del auto, se choca con una mujer que está hablando por el celular y lleva un vaso de gaseosa, por lo que le moja la blusa blanca que había elegido por la mañana. En ese mismo momento, un perro pasa corriendo por allí y comienza a saltar encima de María, dejándole un pequeño rasguño bajo la rodilla.

 

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27 de octubre de 2017

 

María se levanta a las 7 de la mañana con el grito de su marido llamándola para que se apure. Camina rápido hacia el armario y se pone lo primero que ve; un jean negro y una blusa blanca. Neutral, casi opaco. Combina justo con su humor. Rápidamente, va hacia el baño y hace su rutina diaria al igual que todos los días desde hace 32 años. Siendo ya las 7:30, su marido la espera junto a la puerta, por lo que se van juntos en auto al trabajo de María. Durante el viaje, se enfrascan en una discusión cuyo tema central son las noticias del país. Después de unos veinte minutos, finalmente llegan, se saludan con un beso, el cual mancha la boca de ella, en el extremo derecho, arriba, con el café negro que él había desayunado. Al salir del auto ve que, un poco más adelante, una mujer que está hablando por el celular y lleva un vaso de gaseosa, choca con un hombre de traje al que le mancha su camisa gris. En ese mismo momento, a María le empieza a doler la rodilla, y cuando se fija la razón, se da cuenta que de tiene un pequeño rasguño. A pesar de no entender, sigue su camino hacia el ascensor. Allí, hay cuatro espejos, uno en cada pared. Ve a María, se ve a ella. Ve la misma mancha de café negro en el extremo derecho de su boca, ve el mismo rasguño en la rodilla. Son casi iguales. Nota que la María del espejo tiene un poco arrugada la blusa. Se queda mirando al espejo mientras el ascensor sigue subiendo, y se da cuenta de que no hay dos Marías. Hay miles, hay infinitas, hay reflejos de los reflejos de los reflejos de la imagen de María. Quizá una tiene otra hora en el reloj, otra el zapato manchado. Suena el ruido de que el ascensor llegó al piso correspondiente, María se da vuelta y sale del ascensor. Curiosamente, infinitas Marías hacen lo mismo.

Fecha: 1/11/2017 | Creado por: Cindy Eliana
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